jueves, 11 de marzo de 2010

No quiero un segundo más sin ti


Las horas parecen siglos
La hoja no termina nunca de caer
Gota que no resbalas por mi mejilla
Ansiedad que no dejas dormir.
Y el día se hace eterno
Mas cuando estoy contigo
El reloj parece enloquecer
¿Qué tal si detenemos el tiempo?
¿SI conservamos el momento?
¿Por siempre?
Mirarte, mirarme
Mirarnos
Vernos como uno solo
Observar día a día
Que construimos algo
Indestructible
Somos inmortales.
Dime
Dime que me quieres
Tanto como yo lo hago
Porque no aguanto…
La vida es insoportable
Si no es junto a ti.

jueves, 11 de febrero de 2010

“Cuando esperas más de lo que te pueden dar”



Esperar por aquella frase
Que no será dicha.
Buscar una mano
Mas no será tendida.
Te llevaste tu regazo
Lejos, muy lejos de mi.
Conservaste mis sueños
Los escondiste
Me hiciste sufrir.
Encantaste mi corazón
Hiciste que te amara
Que esperara lo mejor de ti
El mejor de todos
El mejor de todos para mi
Engaño
Mentiras
Y mi corazón que se pudre
Es lo único
Lo único que dejaste aquí.

martes, 26 de enero de 2010

Con la estrella en la mano



Inesperada como la lluvia bajo el sol
Anhelada como la brisa en la mejilla
Y tus labios que saben a caramelo
Tu sonrisa que alegra mi rutina.
Cada latido, una nota musical
Y esta canción que no para de sonar
Que se escriba el poema más largo
Mas las palabras sean infinitas
Tus caricias no se acaben jamás
Y tus abrazos me puedan abrigar.
La busqué en el cielo por siglos
A ella nunca pude llegar
Miré el horizonte, azul y lejano
Me encontré con aquellos ojos castaños
Y la palma de mi mano sabía
Que la estrella ya en mi mano tenía.

jueves, 14 de enero de 2010

Muerte al inmortal


En un estrecho callejón, entre la rue Montparnasse y la rue Madeleine, vivía un muchacho, un indigente. Un colchón mugriento, unas frazadas inmundas, un carrito de supermercado y miles de hojas de todos los tipos eran sus pertenencias. Vivía a la sombra de un mundo oscuro, siniestro, injusto y cruel; poco era lo que podía hacer entre los montones de basura que adornaban día a día su vida en aquel fétido callejón, al cual extrañamente llamaba hogar.

Repartidos por todo el fondo de la callejuela habían muchos papeles: cada centímetro de ellos estampados a presión con los miles de versos que algún día serian develados de aquella identidad desconocida del autor. Alto, raquítico, de ojos color miel, labios carnosos, piel demacrada; parecía débil, torpe y depresivo y sí, era todo eso. Sin embargo, tenía la fuerza de voluntad que sólo los líderes históricos como Napoleón habían demostrado.

Lunes: pantalones azules desteñidos y cortos, camisa amarillenta, zapatos demasiado justos de cuero desgastado, un te en la mañana, un pan al almuerzo y un café en la noche. Martes: pantalones azules desteñidos y cortos, camisa amarillenta, zapatos demasiado justos de cuero desgastado, un te en la mañana, un pan al almuerzo y un café en la noche. Miércoles: pantalones azules desteñidos y cortos, camisa amarillenta, zapatos. . . Era invierno. Era una vida miserable. Era la vida de Miguel.

Vivía de las odas que recitaba en una plaza, de versos que compartía con uno que otro transeúnte parisino bondadoso que de pura lastima le daba una moneda escurridiza de su bolsillo. Así se ganaba la vida y así era feliz. A pesar de todo, el mundo lo hacia dichoso: le daba el placer de poder contemplarlo con sus ojos color miel y poder retratarlo en alguna pieza de papel; injusticias y maldades eran transformados en míticos mundos por la diestra pluma de Miguel. Vivía para escribir, vivía para no morir: sus versos serían el triunfo sobre la muerte, aquella anhelada transcendencia del vagabundo y sus versos inmortales. Ese era el fin de su vida: ser inmortal.

Un sábado por la tarde Miguel se preparaba para ir a declamar a la pequeña placita que sólo quedaba a tres cuadras del callejón. Se tardó en encontrar el único par de zapatos que tenía, ya era muy tarde, casi mediodía y no tenía moneda alguna para comprar aquella balanceada y nutritiva dieta diaria que consistía en un pan francés. Decidió irse sin zapatos. Recitó una selección de sus mejores creaciones y recibió agradecidamente muchas más monedas de las que había conseguido nunca. Era feliz, desgraciadamente feliz. Caminó tranquilamente observando a la gente pasar, entró a un almacén y se dio el lujo de comprar pan, una rebanada de jamón y una de queso. Avanzó mientras los rayos del sol parecían hacerlo rejuvenecer.

Faltaba una sola cuadra cuando vio algo extraño. Humo, mucho humo. Corrió. Se encontró con su hogar envuelto en llamas. Miró al fondo, ahí el incendio parecía mucho más feroz: cada trozo, cada escrito, cada verso que había hilado ya no existiría más. No lo pensó dos veces. Ahora las llamas eran mucho más grandes y ardientes, se escuchaba el charrasqueo de algo que se quemaba, algo que no era papel. Se acercó gente a ver que pasaba pero ya era tarde; a sólo unos pasos del callejón había tirada una bolsa con un pan, jamón y queso. El fuego cesó, sólo quedaban escombros y cenizas: las cenizas de la lucha de un mortal, las cenizas de Miguel.

sábado, 9 de enero de 2010

¿Poesía?


Perdí esa capacidad innata que tenía a los 10 años de escribir poemas. Siempre me gustó, me desahogaba así. Por alguna razón ahora me da miedo. Rechazo. Miedo al rechazo. Intentaré superarlo.
Es que lo único que se me viene a la cabeza ahora es escribir un poema. Imposible expresar cosas casi inexplicables con palabras si no es con versos.

Prueba número 1:

Son hojas que caen del árbol
¿Qué hacer con ellas?
¿Qué significará?
Son sueños que caen
Esperanzas que se rompen
Es una rama que se quiebra
Sin embargo, él siempre está ahí
Para dejar las hojas en su lugar
Devolver la fe a una vida que se marchita
De a poco
Y que vuelve a nacer
Cuando la rama que une los trozos del corazón
Es firme de nuevo
Siempre gracias a él