
En un estrecho callejón, entre la rue Montparnasse y la rue Madeleine, vivía un muchacho, un indigente. Un colchón mugriento, unas frazadas inmundas, un carrito de supermercado y miles de hojas de todos los tipos eran sus pertenencias. Vivía a la sombra de un mundo oscuro, siniestro, injusto y cruel; poco era lo que podía hacer entre los montones de basura que adornaban día a día su vida en aquel fétido callejón, al cual extrañamente llamaba hogar.
Repartidos por todo el fondo de la callejuela habían muchos papeles: cada centímetro de ellos estampados a presión con los miles de versos que algún día serian develados de aquella identidad desconocida del autor. Alto, raquítico, de ojos color miel, labios carnosos, piel demacrada; parecía débil, torpe y depresivo y sí, era todo eso. Sin embargo, tenía la fuerza de voluntad que sólo los líderes históricos como Napoleón habían demostrado.
Lunes: pantalones azules desteñidos y cortos, camisa amarillenta, zapatos demasiado justos de cuero desgastado, un te en la mañana, un pan al almuerzo y un café en la noche. Martes: pantalones azules desteñidos y cortos, camisa amarillenta, zapatos demasiado justos de cuero desgastado, un te en la mañana, un pan al almuerzo y un café en la noche. Miércoles: pantalones azules desteñidos y cortos, camisa amarillenta, zapatos. . . Era invierno. Era una vida miserable. Era la vida de Miguel.
Vivía de las odas que recitaba en una plaza, de versos que compartía con uno que otro transeúnte parisino bondadoso que de pura lastima le daba una moneda escurridiza de su bolsillo. Así se ganaba la vida y así era feliz. A pesar de todo, el mundo lo hacia dichoso: le daba el placer de poder contemplarlo con sus ojos color miel y poder retratarlo en alguna pieza de papel; injusticias y maldades eran transformados en míticos mundos por la diestra pluma de Miguel. Vivía para escribir, vivía para no morir: sus versos serían el triunfo sobre la muerte, aquella anhelada transcendencia del vagabundo y sus versos inmortales. Ese era el fin de su vida: ser inmortal.
Un sábado por la tarde Miguel se preparaba para ir a declamar a la pequeña placita que sólo quedaba a tres cuadras del callejón. Se tardó en encontrar el único par de zapatos que tenía, ya era muy tarde, casi mediodía y no tenía moneda alguna para comprar aquella balanceada y nutritiva dieta diaria que consistía en un pan francés. Decidió irse sin zapatos. Recitó una selección de sus mejores creaciones y recibió agradecidamente muchas más monedas de las que había conseguido nunca. Era feliz, desgraciadamente feliz. Caminó tranquilamente observando a la gente pasar, entró a un almacén y se dio el lujo de comprar pan, una rebanada de jamón y una de queso. Avanzó mientras los rayos del sol parecían hacerlo rejuvenecer.
Faltaba una sola cuadra cuando vio algo extraño. Humo, mucho humo. Corrió. Se encontró con su hogar envuelto en llamas. Miró al fondo, ahí el incendio parecía mucho más feroz: cada trozo, cada escrito, cada verso que había hilado ya no existiría más. No lo pensó dos veces. Ahora las llamas eran mucho más grandes y ardientes, se escuchaba el charrasqueo de algo que se quemaba, algo que no era papel. Se acercó gente a ver que pasaba pero ya era tarde; a sólo unos pasos del callejón había tirada una bolsa con un pan, jamón y queso. El fuego cesó, sólo quedaban escombros y cenizas: las cenizas de la lucha de un mortal, las cenizas de Miguel.